miércoles, 9 de marzo de 2011
Las mexicanas, de la casa a la búsqueda del poder
La vida cotidiana en México, publicado por el Colmex, ofrece, entre muchos otros datos, detalles sobre el rol social de las mujeres desde la Conquista hasta principios del siglo XX
ROLES. Durante la Nueva España casi todas las mujeres trabajaban, sin embargo no todas recibían remuneración. En la imagen, mujeres en escenas de la vida cotidiana en la Colonia (Foto: ARCHIVO EL UNIVERSAL )
Miércoles 09 de marzo de 2011
Abida Ventura | El Universal
abida.ventura@eluniversal.com.mx
¿Cómo vestían nuestras abuelas, en qué trabajaban, cómo se divertían, cuál era su relación con el entorno social y familiar? Esos son datos que no se encuentran fácilmente en los libros de historia oficial. Todo lo contrario sucede con el volumen La vida cotidiana en México, que ofrece numerosas referencias sobre las transformaciones en la vida de la gente común y corriente, de hombres y mujeres, sin apellidos ni títulos ostentosos.
A partir de una revisión a este volumen de la serie Historia mínima, editada por el Colegio de México (Colmex), y de datos que da la historiadora Pilar Gonzalbo Aizpuru, directora del proyecto de investigación, se pueden advertir condiciones y formas de vida de las mujeres mexicanas desde la Nueva España hasta principios del siglo XX.
Las costumbres dictaban que las mujeres debían encargarse del hogar. En tiempos prehispánicos eran las encargadas de cultivar la huerta, de cuidar a los animales domésticos (guajolotes y perros) y a los niños pequeños mientras los varones salían a trabajar al campo. Ellas tenían que preparar el nixtamal, hacer las tortillas y guisar. Desde entonces, hilar y tejer se consideraba una tarea femenina muy importante.
Condicionada a ser hija, esposa y madre, para una mujer ganarse la vida no era fácil. El trabajo femenino era poco reconocido y mal pagado, pero durante el virreinato era común. Las mujeres de bajos recursos podían ser nanas, cocineras, sirvientas, lavanderas, planchadoras o costureras, mientras que las señoras “de condición”, se ocupaban como maestras de niñas, con escuela propia o impartían a domicilio clases de música y labores manuales, como el bordado y el tejido.
La historiadora del Colegio de México Pilar Gonzalbo Aizpuru, señala que durante la Nueva España casi todas las mujeres trabajaban, sin embargo no todas recibían remuneración. “Existían normas para el pago de servicio doméstico, pero no era raro que las sirvientas se conformasen con su manutención y alguna prenda de ropa. Las costureras, que trabajaban en su propia casa, solían cobrar por las prendas que confeccionaban, y siempre eran cantidades insignificantes”, dice.
“Con mayor prestigio y unos ingresos suficientes para la supervivencia, las maestras de escuela recibían ingresos variables según la categoría social de sus alumnas”, señala.
La historiadora añade que cuando el gobierno virreinal estableció la fábrica de tabacos, concentró en ésta a quienes antes habían trabajado en su hogar y adjudicó un salario que también dependía de la producción.
“Sin duda, resultaba más productivo instalar su propio negocio, ya fuera almuercería, tabaquería, lechería, chocolatería, velería o pulquería. Pero pocas mujeres antes del siglo XX fueron propietarias de sus talleres o comercios, podría calcular entre 14% o 20%”, explica la investigadora emérita.
A mediados del siglo XIX, las mujeres buscaban participar de las actividades comerciales o académicas, incluso en contra de las críticas en torno al daño que sufriría la sociedad si ellas no se dedicaban a cuidar al marido y a los hijos. Pero algunas rompieron con el esquema y se hicieron marchantas, costureras, porteras, parteras o maestras. Hacia finales del siglo, las mujeres habían, incluso, desplazado a los hombres como educadoras.
Para principios del siglo XX, las mujeres de clases populares aún conservaban sus puestos en la industria textil y tabacalera, en el servicio doméstico o en el tradicional oficio de costureras. Mientras que las de clase media trataban de combinar las tareas domésticas con la incursión en el ámbito profesional, en la burocracia, en la educación superior o en el magisterio.
Maltratadas por sus hombres
Según Gonzalbo, el matrimonio era la situación ideal de las mujeres, por lo que muchas lo buscaban con éxito.
A falta de marido, algunas se conformaban con la compañía de un hombre que les proporcionaba “sombra”, la protección que se suponía todas necesitaban. Pero tal protección, advierte la investigadora, tenía sus inconvenientes, ya que corrían el riesgo de ser golpeadas por sus compañeros. “Las demandas de divorcio y las denuncias por malos tratos tenían que probar que los castigos eran excesivos, y demostrarlo con la evidencia de los golpes, fracturas, abortos y lesiones de todo tipo que acreditasen la sevicia”, señala Pilar Gonzalbo Aizpuru.
Pero ellas también se defendían. Aunque pocos, existían hombres que denunciaban los malos tratos que sufrían por parte de sus mujeres. “Y no sólo se referían a golpes (con una plancha, con una piedra o con el mazo del almirez o el molcajete) sino a burlas en privado y en público, insultos y falsos testimonios que los desprestigiaban”, comenta la historiadora.
A pesar de que se reconocía el principio de autoridad masculina, hasta el siglo XIX, refiere Gonzalbo, una gran parte de los hogares urbanos estaban encabezados por mujeres, y a pesar de que en otros había un varón, eran ellas las propietarias del dinero o las que aportaban ingresos para mantener la casa. “Es obvio que en esos caso ellas tenían el poder”, dice.
“Pero en las disputas ellos golpeaban más, porque eran más fuertes, pero ellas podían agredirlos, aunque casi siempre con insultos públicos más que con golpes”, indica la especialista en la época virreinal.
En momentos de hostilidades la unión familiar hacía la fuerza. Con el estallido de la Revolución, en el medio rural muchas familias permanecieron unidas. Las mujeres cargaron con sus hijos, utensilios domésticos y todo lo que constituía su hogar para seguir en la revuelta a sus esposos. Cuidaban a los animales, preparaban la comida, vendían tortillas entre la tropa, lavaban ropa, reproducían el papel tradicional de cuidar a la familia.
Las soldaderas o adelitas atendían a los enfermos y enterraban a los muertos, eran a veces francotiradoras, espías, contrabandistas o mensajeras.
La historiadora Engracia Loyo Bravo, que colabora en este proyecto editorial con el capítulo “El México Revolucionario (1910-1940)”, señala que la presencia de mujeres y niños que acompañaron a las tropas revolucionarias llegó a representar un tercio del total de los combatientes.
La diversión era la iglesia
Las formas de entretenimiento en la época se reducían a asistir a misa, ir al mercado o salir al balcón.
“Siempre y en todos los pueblos el mercado ha sido el centro de comunicación y espacio en que las mujeres disponían mayor libertad. Durante siglos, la Iglesia y las funciones religiosas fueron otro gran centro de atracción”, comenta Pilar Gonzalbo.
En la Nueva España -cuenta la historiadora- hubo maridos que se quejaron de la excesiva piedad de sus esposas, quienes pasaban el día recorriendo iglesias y, de paso, platicando con cuantas vecinas o conocidas encontraban ocupadas en la misma actividad.
En cambio, dice, las familias acomodadas, que podían disponer de mansiones amplias y confortables, contaban con el estrado, la sala de los señores en las que recibían a sus amistades, leían, tejían o simplemente hacían tertulia.
“El teatro fue una gran atracción para grupos selectos, mientras que las pulquerías reunían a hombres y mujeres de grupos populares. Hasta el siglo XIX, la tienda y el taller solían estar unidos a la vivienda y eran igualmente el lugar en que se organizaban partidas de cartas, reuniones de hombres y mujeres e incluso juegos de billar y truco”.
En el siglo XIX, la modernidad misma y la secularización de las costumbres hicieron más común que las mujeres fueran al teatro. Muchas leían, disfrutaban de la lectura en voz alta y eran escritoras o poetisas. Para las mujeres que no tenían que dedicar todo su tiempo a las labores domésticas, la lectura se convirtió en actividad diaria.
Vestir con clase
De acuerdo con la historiadora, la vida urbana exigió siempre a hombres y mujeres cuidar el atuendo para conservar las apariencias y la posición que ocupaban en la sociedad. No sucedía lo mismo en las comunidades rurales, donde el ajuar masculino y femenino, a lo largo de los siglos, fue más tradicional, sencillo y práctico, ajeno a las modas.
En la Nueva España las mujeres con destacada posición social tenían vestidos destinados a solemnidades, debían tener cuando menos un vestido para asistir a la iglesia.
Fue a principios del siglo XIX cuando comienzan los cambios en la moda.
Algunas de las damas elegantes comenzaron por cortar “unos mechones de cabello que caían sobre la frente”, abandonaron las ampulosas faldas y luego adoptaron las livianas túnicas de corte neoclásico.
Durante el Porfiriato, la moda francesa entró a nuestro país y las clases medias y altas vestirían como en París. En esa época, el abanico fue uno de los accesorios obligados para las damas.
Entrada la modernidad, durante la segunda década del siglo XX, había que llevar el pelo corto y las uñas pintadas. La tortura por el corsé y las faldas largas entonces ya habían quedado atrás, pues la nueva moda parisiense dictaba nuevos atuendos, atrevidos, que aspiraban a igualarse con las formas de vestir de los hombres.
El último grito de la moda era exhibir los brazos desnudos y las piernas a través de medias de seda transparente.
Las damas de clase alta comenzaban a ser independientes. Muchas mujeres eran ya, además de maestras, dactilógrafas, enfermeras, doctoras, contables, y sostenían una lucha por lograr los mismo derechos que los hombres. Sin embargo, habría que esperar muchos años para que la igualdad entre ambos sexos se planteara legalmente.
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